¿Qué dirán de mí cuando me muera? Por Moisés Ulloa.

Preguntas existenciales han salido a flote por la pandemia. Aún ante la realidad de todo ser viviente que la muerte es inevitable, estos días han creado una connotación distinta. En ese entorno vemos y escuchamos a muchos reflexionando, orando y suplicando.

Entre estos sobresale un personaje, que durante 17 y tantos días, dicen algunos, se hospitalizó en su sala de atención privilegiada, con tecnología “de primer mundo”, para atenderle su dolencia, cualquiera que esta haya sido. En ese proceso, ya sea por la falta de respiración o por el delírium tremens, reaparece pálido, delgado, desmejorado. Reaparece como un simple mortal con la carga de mil y un pecados en sus espaldas.

Dicen las malas lenguas que entre las alucinaciones y las confusiones de la abstinencia, se sentía perseguido en el mejor juego de Landa por tres letras que no le daban tregua alguna. Entre murmullos se le escuchaba pronunciar “DEA,DEA”, su voz se mezclaba con el sudor y los temblores al ritmo de tambores que se escuchaban en sus oídos, que eran tocados en una cada vez más cercana Gran Manzana. 

Los papeles de los diagnóstico médicos luchaban por comprender cómo contener la fiebre o el trastorno hidroelectrolítico que es producto de un acto con dos sombreritos entre narco traficante convertido a colaborador eficaz estrella, en ese baile en fina cuerda floja que lo condena o lo salva, permitiéndole firmar su pacto de impunidad a cambio de entregar a sus más cercanos colaboradores y hasta su círculo familiar.

La agitación o irritabilidad eran evidentes; tan evidentes como los pasos de los compatriotas que buscan de forma afanada una medicina, un cupo, un milagro sanitario en esta pandemia. Así tirado en una cama, aún con todos los mimos provistos por los que se visten de fatiga, las noches se le hacían eternas, tan largo el tiempo como la espera de los hospitales móviles que transaron “de buena fe” con su ahora chivo expiatorio.

La frecuencia cardíaca rápida hacían un palpitar que estremecía hasta a los que en un momento (porque hoy se desmarcan) fueron sus socios, sus lacayos, sus aduladores, jamás sus amigos, pues los narcos aunque tengan una banda comprada con dinero lleno de sangre, nunca tienen verdaderas amistades. Ha de ser triste estar enfermo y desconfiar hasta del que te inyecta el sedante vitamínico para controlar los niveles.

Las pupilas dilatadas no bastaron para quitar el velo tan oscuro que hoy porta su mirada engrandecida que le impide ver la patria de allá, la verdadera, la que hoy tiene esclava e hincada en el sufrimiento creado por su nefasto egoísmo y su sed por más.

Pero los días pasaron, su salud ha sido recuperada. Como gran conquistador lo vimos caminar por los pasillos vacíos, así tan vacíos como su alma, de un hospital que no cura al pueblo sino a sus déspotas. Lo vimos y escuchamos hablar- who is afraid? Mrs District Attorney- hasta casi oler su hedor prepotente nuevamente, por lo que está claro que ha vuelto a su normalidad.

Y en esa pregunta existencial que machacó su mente en esas oscuras madrugadas de condición especial “¿Qué dirán cuando me muera?” pues el narcodictador de esta historia ficticia (o no) tiene la gran suerte, que escuchará en cada lugar público en donde se atreva a llegar, la respuesta del pueblo en carne viva. Quizás así se comience a hacer justicia.

“No visites panteones, ni llenes tumbas de flores, llena de alegría corazones, en vida hermano, en vida.” Yo simplemente agregaré una pregunta-¿dónde está el dinero?

Moisés Ulloa

Un comentario en “¿Qué dirán de mí cuando me muera? Por Moisés Ulloa.

  • el 4 de julio de 2020 a las 11:58 AM
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    Crimen, castigo y culpa, se agigantan por las noches, luego el sol los destapa sin sombra y sin tregua. Allí se está solo, mortalmente solo

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