EL FRACASO DEL ODIO. Por Jorge Alejandro Lezama

En la década de los 80’s, Los Gobiernos en Honduras se esmeraron por enviar un mensaje al mundo aparentando que el país era un oasis de paz en medio de las sangrientas guerras intestinas que libraban entre hermanos los países con los cuales compartimos fronteras. “HONDURAS ES DIFERENTE” rezaba orgulloso un letrero pintado en las graderías del Estadio Nacional. Gran parte de los asiduos al estadio en esa época, incluido yo niño y/o adolescente, mirábamos con orgullo esas letras y las creímos. Al final, para mi generación, Honduras era un paraíso, jugábamos en las calles sin preocupaciones, prácticamente no había delincuencia organizada o al menos no se ventilaba con frecuencia su existencia en los medios de comunicación, los asesinatos eran raros y escandalizaban y asustaban a todo el país cuando ocurrían. En materia de corrupción todos los casos eran emblemáticos y de ellos surgió la saga de los “Azos”, Lechazo, Lapizazo, etc.

Honduras NO ERA DIFERENTE, no era un mejor país comparado con sus vecinos, para nada, todo lo contrario, vivíamos con altos índices de pobreza, alto porcentaje de analfabetismo, alta mortalidad infantil y materna, pobre acceso a servicios básicos, altos niveles de represión del estado, militarismo exacerbado; en fin, era un país subdesarrollado, ni siquiera en vías de desarrollo. Los medios de comunicación cumplieron su papel de servilismo acomodado a los intereses del Poder, de manera que no se presentaba objetivamente al pueblo la realidad que se vivía.

Lo que sí afirmo, es que en general, los principios y valores morales arraigados en el colectivo de aquella época eran muy firmes: La práctica religiosa sincera, el respeto por la vida, la honradez (que se constituía en un activo de alto valor para las familias), el respeto a los mayores, la unidad e integración familiar, la calidad y entrega de los maestros, etc. Todos estos principios y valores morales eran pilares de una sociedad que se debatía entre la pobreza, la ignorancia, la violencia del Estado, la explotación del capital (sueldos de subsistencia) y la esperanza de educar y preparar a las nuevas generaciones para alcanzar mejores estándares de vida.

En la actualidad, lo que impera en el colectivo son los anti-valores y principios morales y religiosos degradados. Predomina el respeto y admiración por la gente con base a la riqueza que tiene y no a lo que es como persona. Hoy en día, se admira y respeta al narcotraficante millonario que es generoso con la comunidad, al político astuto y vil que roba el poder y hacer ver el populismo como una acción mesiánica, se sigue al líder religioso que garantiza la prosperidad material, la audiencia en TV y redes sociales la genera el más vulgar o el que insulta mejor. En resumen, la falta de educación de calidad y la degradación social nos ha cobrado factura, la violencia en todas sus formas y manifestaciones ha convertido a Honduras en un país que yace postrado ante el odio. 

Actualmente, la falta de democracia, la corrupción, la impunidad, el pobre acceso a los servicios públicos de salud y educación, la falta de equidad en la distribución de la riqueza, el desempleo, la desintegración familiar a causa de la migración, etc. son ingredientes que juntos dañan la dignidad del ciudadano de a pie, todo esto combinado con el hecho de procesar estas injusticias sin el filtro de una mente analítica le generan un resentimiento que se traduce en odio visceral, especialmente contra las figuras que representan autoridad.

Ojo con el odio, porque a pesar de ser un sentimiento poderoso y que pareciera legítimo en las circunstancias actuales del país,  no ha logrado NADA para Honduras ni los hondureños más que la quema de restaurantes, embajadas, bienes públicos, etc. pero como motor de la reivindicación social no ha reivindicado nada. Ahora, con el auge de las redes sociales disponibles masivamente, el odio se disipa virtualmente con insultos, calumnias, difamaciones y “memes” ponzoñosos sin lograr nada concreto en favor del pueblo. Abundan flechas venenosas en los espacios virtuales pero al final solo alcanzan como objetivo y, en un par de días, el olvido eterno. En Honduras son muchos los que odian, pero muy pocos los indignados. El indignado es proactivo y analítico, no solo “siente” que debe protestar contra la corrupción, por cuestiones ideológicas o políticas, por resentimiento social o hasta envidia como lo hace el que odia, sino que fundamenta en ley su derecho a reclamar a exigir que se cumpla la ley, además, es buen ciudadano, honrado, trabajador, pagador de impuestos y solidario; es valiente, tenaz, respetuoso y educado. El indignado no busca destruir reputaciones, ni la violencia estéril, ni la toma del poder por cualquier vía, busca el bien común, la justicia social y el progreso socioeconómico de todos en un país donde el Imperio de la ley sea la máxima expresión de la racionalidad.

En el contexto anterior, es función de los ciudadanos cuyos principios y valores se mantienen firmes orientar al pueblo para transformar el odio en indignación. Sabemos que el odio es pasivo y solo carcome el alma del ciudadano y de la sociedad que lo canaliza insultando, calumniando y difamando por la vía virtual, por el contrario, la indignación es activa y motiva la movilización del hondureño cuando habiendo sido bien informado y orientado enfrenta las injusticias de manera racional y enfocado en el logro de transformaciones sociales trascendentales. Para el caso, fueron marchas motivadas por la indignación (pero pacíficas) las que lograron la victoria de la MACCIH contra la corrupción.

Es deber del hombre de bien eliminar el odio de la sociedad, pero al mismo tiempo, debe ser instrumento para indignar al pueblo ante la injusticia. Es un hecho concreto que el pueblo indignado puede lograr cambios sociales y políticos concretos que le devuelvan poco a poco a cada ciudadano la bendición y dignidad de haber nacido en Honduras.

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