Estado de Desecho. Editorial martes 30 de julio, 2019.

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Rutinariamente escuchamos a personajes de la vida nacional referir el término “estado de derecho”. Este principio es fundamental para la vida correcta como sociedad y recae en la seguridad absoluta de justicia. En palabras más claras, estado de derecho es  el ambiente de orden en el comportamiento de las instituciones y las sociedades de un país, en la que todos aquellos que la formamos, estamos sujetos al cumplimiento de las leyes. Un estado de derecho es la confianza plena en la aplicación de la justicia.

La gobernanza que implica este estado, radica en términos más profundos pero de enorme importancia, como son la igualdad, la transparencia y el no abuso del poder. En ese principio es igual de “importante” ante la ley, un mendigo que un potentado y por lo tanto, ambos deberían tener el mismo trato y garantías.

Sin embargo acá en nuestra tierra de Lempira, no existe el estado de derecho, lo que tenemos es un estado de desecho. Durante años, una sociedad pudiente ha estado por encima de la ley, sus actos han sido bendecidos por la mano “divina” de aquellos que caminan como dioses ante una sociedad de súbditos, que hemos tolerado con actitud permisiva ese comportamiento. Es así como aún hoy en día, muchos gritan a los cuatro vientos ser abanderados de la anti-corrupción, hasta que se les mencionan en actos reñidos con la ley. En ese preciso momento, el comportamiento de 180 grados comienzan a entrar en vigencia y actúan en principios opuestos a lo pregonado: así ha sido como los que inventaron la ley de extradición, hoy la intentan derogar; así es como los que aplicaron con todo la ley de privación de dominio, hoy la suavizaron; así es como la ley de colaboración eficaz no ha vista la luz de la discusión; así es como intenta reducir una MACCIH; así es como luchan por tener su nuevo código penal.

Habiendo dicho esto, debemos partir del sentido elemental que en este país no existe la justicia. Existen inocentes presos y culpables que caminan en plena libertad y en total impunidad. Existen poderosos que se ríen a plena carcajada del sistema legal del país y entienden que pase lo que pase, la posibilidad que pongan un pie en la cárcel o no, radica no en la justicia, sino en el compadrazgo o en la información que se tiene como moneda de cambio. Sin embargo esos privilegios no son posibles, en cortes en donde el estado de derecho es firme y en donde la institucionalidad es por ende sólida.

Es ante esta realidad que ha surgido una ley del más allá, una justicia celestial terrenal, la justicia que se imparte en las cortes federales de los EEUU. El desfile de nombres de personas involucradas directa o indirectamente con el negocio ilegal del tráfico de drogas ha manchado de inicio la reputación de muchos. Los testimonios otorgados por reconocidos criminales han salpicado a otrora “honorables” que colocando sus mejores oficios, participaron del beneficio de este ilícito, ya sea para financiar sus campañas políticas o hasta de manera directa, como es el caso del hermano del actual gobernante de facto del país. Allá en los EEUU, han salido tantos mencionados, que un nuevo expresidente u otro funcionario implicado, verdaderamente no sorprende.

Lo que nos sorprende y nos indigna, es que las instituciones encargadas de hacer la justicia doméstica tengan la ceguera y el actuar selectivo como norma. Ni siquiera los capos mayores tenían o tienen investigaciones en curso en nuestro país.

Hemos llegado a tanto cinismo, que incluso algunos que hoy pagan sentencias en cárceles foráneas, pretenden ser los próximos en gobernar nuestro país. Así de bien es el estado de desecho en nuestro patria, que estamos dispuestos a alabar y gritar vivas por ex convictos.

Únicamente en estas honduras, el denominador común es que nuestras máximas autoridades, sean verdaderos delincuentes gozando en libertad.

El estado de inocencia es derecho fundamental sin duda, pero también la sociedad tiene el derecho elemental de no ser gobernada por facinerosos. Acá parece más bien, que ser torcido, es parte de los requisitos para convertirse en mandatario; así de mal estamos, bajo el control absoluto del desperdicio social, que aunque sea perfumano y alabado señor, sigue siendo criminal.