Libertad de Expresión…mientras estemos de acuerdo. Por Moisés Ulloa.

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El día de ayer asistimos al foro de iniciativa de UNITEC sobre las “implicaciones del nuevo código penal sobre la libertad de expresión y prensa”, el mismo contó con la acertada moderación de Aldo Romero y como expositores la explicación magistral de Marlen Perdomo, Odir Fernández y Rodolfo Dumas. El conocimiento vertido por ese grupo de conocedores del tema, nos afianzó aún más la determinación de combatir frontalmente la entrada en vigencia de dicho instrumento jurídico que lesiona los derechos fundamentales de la población.

Sin embargo, no deseamos hablar del código sino del derecho a la libre expresión. Este concepto es defendidos por todas y todos hasta el punto de la hipocresía. Conocemos personas que en el cinismo perfeccionado hace hasta alarde de ser defensores del mismo, siempre y cuando lo que se dice, no vaya en desacuerdo con sus intereses o sus creencias. El derecho a la libertad de expresión alcanza por ende su máxima expresión, cuando quien lo escucha es un ser que determina la virtud de ser tolerante y respetuoso de la realidad de disentir. Para muestra un botón: en el foro estaba presente el señor Dagoberto Rodríguez, presidente del colegio de periodistas del país, cuando fuimos presentados, a pesar que ambos sabíamos quien es cada quien, me dijo “a usted lo leo en las redes sociales”, a lo que le respondí -lo dudo en verdad, pues hace dos años usted me bloqueó cuando lo critiqué sobre sus posturas pro régimen.-

La intolerancia es un mal. Cuando perdemos el respeto a las opiniones de los demás, especialmente aquellos pensamientos que nos adversan, entramos en una jungla, retrocedemos a los tiempos del oscurantismo donde la ley que prevalece es la ley del más fuerte. La intolerancia es un espacio sin sentido, donde la única voz que se escucha es la que grita y donde las ideas no florecen, pues la semilla cae en un campo árido, incapaz de producir ni sustentar vida alguna.

Una sociedad que no tolera las diferencias, es una sociedad destinada eventualmente a desaparecer. Si la intolerancia fuera la norma que dicta el accionar de las mujeres y de los hombres y sus gobiernos, hoy aún existiría la esclavitud, la mujer no votaría, estaríamos adorando a múltiples dioses, seguiríamos pensando que la tierra es plana y que somos (aunque algunos piensan que sí lo son) el centro del universo. La única intolerancia que debemos de defender es hacia la injusticia.

Es muy posible (es más, lo sé con conocimiento de causa) que mis ideas, mis letras y mi voz no complacen a todo el mundo; con ello no intento ser leal a nadie, más que a mis convicciones y a mi conciencia. Pero mis opiniones las vierto con respeto y con la cara de frente. Ese mismo derecho se los otorgo a todos aquellos que difieren de mi sentir y mi pensar, pues considero que a estas alturas, ya debimos haber alcanzado el nivel de poder debatir abiertamente las ideas.

Los que tenemos la dicha de poder comunicar nuestra forma de pensar por diferentes medios, tenemos una enorme responsabilidad. Esta responsabilidad no indica, necesariamente, que digamos lo que es popular, pero sí debemos tener como la norma absoluta, defender nuestra razón contundente pero respetuosamente. No podemos aplaudir cuando se despoja a una persona del derecho más preciado que es la libertad de pensar y decir lo que se piensa; no podemos alabar cuando se establecen mecanismos con la intención de silenciar la razón o cuando se marcan parámetros con la finalidad de eventualmente cerrar un círculo para censurar, para condicionar criterios bajo el argumento de una “línea editorial”.

Una de las cosas que más disfruto, siendo el director de este medio “LOS CIUDADANOS”, es descubrir y motivar a personas que han llamado mi atención a que estas escriban, especialmente cuando se trata de mujeres, pues considero que existen muy pocas mujeres columnistas y el análisis de la voz femenina, es fundamental para nuestra patria. Es así como en nuestro medio escriben personas que nunca había escrito en ningún otro y que gozan de la atención de nuestros lectores.

Así es como tenemos hoy un colaborador columnista de los más talentosos en su narrativa y escritura, Mario Daniel Álvarez; con él, nuestros criterios en muchos temas son opuestos, pero respeto su opinión (aunque no la comparta) y defenderé siempre su derecho a expresarlas. En ese orden de ideas, hace unas dos semanas me dijeron “¿para qué sirve ser director de un medio si no vas a controlar la línea editorial?” mi respuesta fue sencilla, – ¿para qué sirve ser director de un medio, si con tu ejemplo promueves censurar las ideas?- Entonces la verdadera libertad de expresión y su defensa nace en nuestra tolerancia, así como ese pensamiento profundo inmortalizado por Evelyn Beatrice Hall acuñada  popularmente a Voltaire “Estoy en desacuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo.”

Ante esta realidad, tenemos que ser conscientes que escucharemos cosas que no compartiremos e incluso muchas que estaremos dispuestos a oponernos en buena lid; pero no podemos tolerar un universo donde el precio a hablar sea el destierro, la censura, la intimidación o en el peor de los casos, la muerte. Únicamente los carentes de razón, los que tienen mentalidad corta o aquellos que pretenden imponer su verdad como absoluta, son aquellos seres incapaces de establecer las rutas del diálogo para alcanzar el bien común.

Hoy estamos ante una Honduras cuya actual forma de gobierno ha sido impuesta y no representa el genuino sentir de la mayoría. La libre expresión en el voto ciudadano fue desechada y secuestrada por los intereses mezquinos de unos pocos que se aferran a un poder que no les pertenece. Ante esta realidad que vivimos actualmente, la voz y la pluma de aquellos que con fundamentos se oponen constructivamente a nuestro estado actual, deben ser potencializadas, jamás coartadas, pues cuando la pluma muere, muere con ella la esperanza y nuestra libertad.