La novela sicalíptica de la hondureñidad. Por Mario Daniel Álvarez Carías.

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Desde cipote, me pasaba los domingos en casa de mi familia con una extraña fascinación por la política y el deporte. Hace veinte años solo podía sintonizar al “Señor de la televisión” para menguar mi apetito contestatario, y los deportes pasaban a un segundo plano; lo que más disfrutaba escuchar con voz gutural, era un Salvador Nasrralla que disparaba verdades con desparpajo suicida.  Fui parte de esa generación de niños que crecieron viendo un señor que cruzaba sus piernas formando un cuatro, que denotaba terquedad y que además era una suerte de Mafalda con abundante vello pectoral, fue esa conciencia crítica que nos hizo votar por él en dos ocasiones, en el mayor acto de masoquismo político. Pues los cachurecos se ríen de nosotros todavía, fue una especie de regusto masoquista.

Pero el aporte de Nasrralla sobrepasa el hacer público las previsibles fechorías de la política vernácula o sus hilarantes narraciones deportivas, sin duda su mayor aporte es la insistencia porque el hondureño tenga un sentimiento de pertenencia, una identidad nacional. Frases sencillas como: “A mí también me gusta la comida mexicana, pero trate de comer menos tacos”; “No todo lo tenemos que celebrar con mariachis”; “La gente grita en el estadio ¡Sí se pudo!, que es de los mexicanos”;   y muchas más que hacían alusión hasta de nuestra forma de vestir, como la genial: “Si usted es muy pobre, no compre cuatro camisas malas, compre una buena que bien lavada y planchada le servirá más”. Por supuesto aún no estaba dentro de la política patibularia de nuestro país, y parecía un adelantado.

En el fondo, la entonación raspada de Nasrralla a favor de la identidad nacional y en contra de la adopción de otras costumbres, son una reivindicación a nuestra cultura, al encanto lejano de una vida menos desigual. Pero estamos en Honduras, y hasta el Museo para la Identidad Nacional (MIN) termina convirtiéndose en una caverna para francachelas entre tequila y coronitas, en jolgorios gastronómicos de tortas, tacos y tostadas, en noches de muertos con catrinas y catrines que a ojos de “cultos” y  “cool” es una tradición tan hondureña como una baleada de esquina aderezada por el gas. Este fomento del MIN, donde la agenda es impuesta por los influencers que apadrina, y con la cual nos dicen se garantizará la supervivencia del arte, la cultura y la hondureñidad, es ridículo, es un despropósito y en lo absoluto se trata de una iniciativa seria.

El pasado 14 de julio se celebró el Día de la Hondureñidad, una fecha que no está en la memoria de nadie, quizá porque es un recuerdo al intento de invasión del minúsculo y desdeñable país al sur, que sirvió solo para que los políticos hondureños normalmente sórdidos, truculentos, crearán un mar de becados vitalicios que nos hacen enardecer, nos encachimban y nos provocan las peores agruras. En ese sentido debemos entender que el arte y la cultura han sido secuestradas por los ricos, los políticos y sus cómplices, quienes son expertos en volver todo pernicioso, vomitivo y tóxico. Debido a esto podemos ver una efusión inquietante con el arte de las caras de siempre, las tremebundas, las que le agregan el sufijo –ton a todas sus campañas y eso las convierte –ipso facto- en defensoras del medio ambiente, combatientes contra la desnutrición infantil y directoras de las fundaciones más importantes del país.

Hay una tendencia más peligrosa que están provocando y es que para las nuevas generaciones, es normal visitar un museo que se convirtió en galería comercial y catedral del “perreo”. Se equivocan, el arte es un acontecimiento sensorial, que no está obligado ni a transmitir conocimiento, menos sus obsesiones húmedas por culturas extranjeras. Es un instrumento de regeneración física y mental, para una población destruida por la clase política, un placebo natural para cuerpos aplastados por las deudas, el arte es un remedio que no les pertenece.

Esta voluntad descabellada por apropiarse de todo, nos ha dejado con la novela sicalíptica de la hondureñidad, una que no erotiza a nadie, una ceremonia erótica que no sirve ni para funciones recreativas, una que solo nos deja a charlatanes de radio haciendo teatro, cineastas que hacen películas a medida del dictador, payasos que ahora son diputados y productores de cine, creadores de “jingles” que se creen la reencarnación de Anderson, artistas plásticas pedigüeñas, los socialité que se creen artistas. ¿Y los artistas?, ¿Y la cultura?, ¿Y la identidad nacional?, ¿Y la hondureñidad que nos ofrecieron?