El campo de Concentración. Editorial 12 de julio 2019.

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El 10 de julio, el New york Times sacó un reportaje de Jacey Fortín titulado “Arte en celdas de detención: los niños migrantes dibujan su realidad.” Este artículo se basa en dibujos realizados por migrantes centroamericanos mientras estaban recluidos en un centro de detención en Texas. Ante los dibujos, psicólogos han determinado que ningún niño debería pasar por una situación traumática como es lo que se vive en los centros de la oficina de aduanas y protección fronteriza. El Artículo describe el testimonio de personas que visitaron el centro y relatan “Cuando nos abrieron las puertas para entrar al centro, lo primero que notamos fue el olor, que es una mezcla de orines, sudor y excremento…algunos parecían aterrados, mientras que otros se mostraban inquietantemente impávidos.”

A eso le agregamos, que la experiencia traumática de la niñez abandonada de nuestra patria, es una forma de vida que inicia desde el instante que abren sus ojos, con el único pecado de haber nacido pobres bajo el cielo catracho. En una sociedad en donde la oportunidad para un niño pobre son escasas, por no decir nulas, el verdadero campo de concentración está sustentado en un ciclo de pobreza que se transfiere de generación en generación. Pocos logran romperla, en un sistema que está construido para que el pobre siga siendo pobre, enfermo e ignorante. Ante esta realidad, quedan pocas opciones y migrar es una de ellas. Los padres de estos niños que deciden tomar la decisión de dejar su tierra, lo hacen en la desesperación que produce el choque de la realidad que la alternativa que les queda no se trata de buscar ningún sueño americano, sino huir de la pesadilla que viven diariamente en este suelo.

Para conocer las desgracias que abaten el futuro inmediato de nuestra patria, basta entender que cerca de 35 mil jóvenes han sido asesinados en los últimos diez años, que el 90% de los jóvenes nunca llegarán a una aula universitaria y que cada vez más, son raros los que crecerán en un familia conformada por su padre y su madre.

Para medir el sufrimiento de la niñez de Honduras, basta profundizar en ese 43% de pobreza extrema que tenemos; allí, en ese mundo triste y despiadado, quizás no exista ni papel ni colores para hacer un dibujo, que se refleja simplemente en el silencio de una lágrima, que se desliza por el cachete sucio de la niñez hondureña.

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