Abandono del sector agroalimentario. Por Juan Miguel Pérez

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El derecho a la vida es la prioridad suprema que todo ser humano e instancias nacionales y mundiales deben reconocer como la garantía de la sobrevivencia de la humanidad. No enfocar nuestras acciones en el derecho a la vida es simple y sencillamente dejar a la deriva el futuro de la humanidad. A partir del derecho a la vida, se desprenden un sinnúmero de derechos y prioridades que representan la plataforma del accionar de las personas, instituciones y países; plataforma de prioridades que está mayormente identificada en los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) establecidos en el año 2015 por los países miembros de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) como Agenda 2030.

La segunda prioridad de los ODS después del Fin de la Pobreza es el Hambre Cero, objetivo que implica poner fin al hambre, lograr la seguridad alimentaria, mejorar la nutrición y promover la agricultura sostenible. Es a primera vista un objetivo muy ambicioso y a la vez sumamente necesario, especialmente en países como Honduras donde la pobreza supera el 60% y el poder adquisitivo decrece cada día. El esfuerzo que se debe hacer para tratar de cumplir el objetivo es extraordinario y el nivel de diagnóstico, análisis y valoración de elementos, actores y acciones claves, de igual manera debe ser riguroso, técnico y científico. La única manera de desarrollar acciones que brinden resultados concretos y sostenibles es construyendo de manera técnica y científica en función de las realidades y necesidades locales. Este principio es muy importante para el sector agroalimentario.

Ninguna receta de países avanzados podrá contribuir tal cual de manera efectiva en la resolución de los problemas del sector agroalimentario hondureño. Debemos ser nosotros mismos con total convencimiento de nuestra realidad y necesidades, los que debemos primeramente reconocer, valorar y definir las acciones que nos permitan apuntar a metas nacionales que se articulen con el ODS del Hambre Cero para atender nuestras necesidades y cambiar nuestra realidad. La experiencia nos brinda ejemplos evidentemente claros de que los modelos de otros países implementados como recetas no han funcionado por las diferencias en realidades locales, en cultura, en idiosincrasia, en proactivismo, en displicencia, en politización, etc. Si seguimos intentando adoptar modelos extranjeros sin diagnosticar ni tomar en cuenta nuestra propia realidad, seguirá pasando lo mismo que ha pasado con varios sectores como el sector agroalimentario. Producto de la adopción de recetas extranjeras, nuestros productores están abandonados en el campo, sin acceso a acompañamiento técnico, con dificultades enormes para acceder a créditos, sin infraestructura productiva y de comercialización relativamente aceptable, con limitada información en el mejor de los casos y cada vez más frustrados y decepcionados porque se les ha ignorado a pesar de su importancia.

El acompañamiento, dígase extensión agrícola, para los productores de pequeña y mediana escala, sus familias y sus comunidades, no debió desmantelarse nunca. No hay otros actores más trascendentales como los productores agropecuarios para garantizar el derecho a la vida, ya que, si no hay suficiente producción de alimentos, se limita considerablemente la salud, se restringe la plenitud de accionar y de desarrollo de la persona y en consecuencia se erosiona el derecho a la vida de los que producen y los que consumen, es decir, toda la población de Honduras, especialmente la de escasos recursos. Las decisiones que se tomaron allá por la segunda mitad de los años 80s y la primera mitad de los años 90s para desmantelar el sistema de extensión agrícola de Honduras, deben ser revisadas y consideradas en función de nuestras realidades. Mientras nuestro país, al igual que muchos países de América Latina, desmantelaba su sistema de extensión agrícola para crear programas puntuales e iniciativas que incorporaban a empresas privadas de asistencia técnica que no se consolidaron, los países que recomendaron la “modernización” consolidaban sus sistemas de extensión agrícola con la participación de universidades, cooperativas, asociaciones de productores y la empresa privada. Es probable que no hayamos leído e implementado toda la receta o quizá no nos la dieron completa, pero lo que si es muy evidente es que la “modernización” promovida en el marco de las políticas neoliberales provocó el abandono del sector agroalimentario.

Los indicadores que muestran los resultados de esas decisiones son más que contundentes, tenemos productores de pequeña y mediana escala (la gran mayoría) sin nociones claras de buenas prácticas para la producción, falta de innovación, dificultades fuertes para la gestión de la producción y la comercialización, poca o nula investigación y adopción de tecnologías relevantes, baja producción y productividad, dependencia en un número reducido de productos agropecuarios, deficiencias fuertes en crédito e inversión agropecuaria, pobreza creciente, seguridad alimentaria nutricional deficiente y altos niveles de migración por falta de oportunidades. El abandono del sector agroalimentario ha beneficiado a los grandes productores y a las grandes empresas en detrimento de la mayoría de la población, ha provocado más desigualdad y claramente mayor presión social. Es incuestionable e imperativa la necesidad de retomar el acompañamiento a los productores de pequeña y mediana escala para recuperar las posibilidades de lograr la seguridad alimentaria, mejorar la nutrición y promover la agricultura sostenible que nos permita garantizar el derecho a la vida, dinamizar la economía agroalimentaria y darle oportunidades a nuestros jóvenes para que valoren sus comunidades y el país.

Alguien dijo por ahí que Honduras volvería a ser el granero de Centroamérica, palabras sin el más mínimo valor ya que las acciones y los resultados siguen apuntando a lo contrario, nuestro sector agroalimentario es cada vez más frágil. Lo que sí hemos visto, escuchado y leído son las circunstancias de casos como pandora que dejan en evidencia las verdaderas intenciones de los gobernantes. Mientras los productores hondureños de nuestros alimentos se mantienen en el abandono, en las altas esferas unos pocos viven felices y comen alimentos importados a costa de las vidas de muchos.

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