Entre el fango, los “cuetes” y la hojarasca de pajas. Por Mario Daniel Álvarez Carías.

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Normalmente nos ocurre que culpamos a los políticos más visibles de todas nuestras miserias, y si, son los mayores culpables de afectar a la mayoría de hondureños por su ineficacia, ineptitud, corrupción y su apetito insaciable de poder. Pero como ciudadanos llevaremos una cuota de culpabilidad siempre, y es que desilusionarnos por políticos hondureños es casi una norma, una costumbre insana, una inyección intraaórtica de dengue que nos recetamos por tradición familiar. Una vez decepcionados como quinceañera ingenua, nos preguntamos: ¿Qué me pasó? ¿Cómo fui tan inocente? ¿Cómo le pude creer? ¿Cómo no me di cuenta que era un mentiroso y deshonesto?

Desde la ciénaga que representan las redes sociales alzamos nuestra voz, lanzamos dardos oprobiosos, diatriba incendiaria, señalamientos avinagrados y somos contundentes al deplorar a los políticos, pero parece tarde, nos han dejado en el fango. El político es un seductor de profesión, consumado el acto y robado nuestro voto gracias a su postura doctoral, su discurso inflamado, promesas y a la capacidad extrema de ocultar su maldad, vicios y oscuro pasado; tan solo fuimos una más. Ahora, maldecir solo nos coloca justo al lado de una cotorra vulgar de la abuela o nos convierte automáticamente en viudas afiebradas por un nuevo amante.

Hemos aceptado la mentira, somos parte de la extensa lista de víctimas del engaño que se engrosa cada cuatro años en nuestro país, además somos jóvenes, algunos más inocentes que otros, y  en tiempos de empoderamiento y rebeldía virtual, nuestra voracidad por mesías, semidioses y magos, nos lleva a un escenario más escabroso que el despecho por un político crapuloso, llegamos a los “cuetes”. ¿Se acuerda de los puestos de “cuetes”en la Isla? Quien pasa de los treinta y creció en la capital, seguro que sí. Al parecer algunos aún mantenemos esa afición belicosa por los enfrentamientos, los destellos entremezclados de anarquía y por las explosiones que estremecen el pecho del vecino pistolero, limpian la mugre de las calles y botan  la carcoma de las casas viejas. Dicho esto, entendemos porque estamos tan necesitados de creer en alguien, nos han vendido: Políticos tradicionales, outsiders, revolucionarios, figurones de la televisión, periodistas, líderes religiosos, copias baratas de Thelma Aldana y de Nayib Bukele, vocería opositora desde las ONG, porristas de entes internacionales de cooperación, comandos de insurrección, y lo más reciente, luchas gremiales que mutan en manifestaciones subversivas.

Luego vuelve la decepción.

Seguimos buscando nuestro caballo rojo,ya que hasta ahora cada “cuete”comprado para alterar el orden social o destruir el statu quode la nación nos ha salido “cachinflín”. Quizá algún día entenderemos que la mejor manera de no hacerse grandes ilusiones con  cuentos de aparecidos, con brujas protagonistas, con demonios travestidos de querubín y con ogros sanguinarios, es no fanatizarse.

Según Zygmunt Bauman la modernidad es un estado de liquidez, donde todo se vuelve precario, provisional, ansioso de novedades diarias y por lo tanto agotadoras. Esta volatilidad social nos produce una incómoda sensación de malestar y se agudiza cuando comprendemos nuestra propia vulnerabilidad. Los hondureños vivimos en una ráfaga de acontecimientos  que nos bombardean los medios, esta mezcla nos hace perder la perspectiva y nos impide distinguir entre lo bueno, lo malo, la certeza y la hojarasca de pajas. El festival de superhéroes inicio, ante nuestros ojos aparecen los inmortales, los banqueros y empresarios. Acostumbrados a pisotear al pueblo el jefe de la mafia y su precario ejército de amigotes nos quieren hacer olvidar sus agendas mercantilistas subalternas, sus negocios con el dictador, su apoyo en el pasado a golpistas y sus candidatos políticos ebriosos y fallidos. Con numerosas intervenciones en redes sociales, con comunicados mentirosos y con posturas de empatía con el pueblo, se desmarcan de su socio, quienes aún no caemos en sus telarañas sabemos que superada la crisis actual del país, estos personajes mostraran su piel camaleónica, entonces, horrorizados entenderemos que siguen siendo hampones, cínicos y miserables. El sobreactuar sobre sus conocimientos económicos ya no se escuchará como piropos.

Las familias que se repartieron nuestro país como pastel, son más culpables que el mismo dictador de derecha militar y religiosa Juan Hernández, el saqueo de ustedes es ancestral. Aquí son reyes y reinas, su español atropellado por el inglés que enmudece a sus colaboradores, en tierra del Tío Sam no sorprende a nadie, caminan por Española Wayy nadie se rinde al verlos, su gas intestinal allá apesta, aquí quedaron sus hordas de lambiscones que les hacen creer que huelen a una nueva fragancia de Tom Ford.

El pueblo hondureño no les debe nada, que el hartazgo social los perdone…

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