El escritor, orador y político romano, Marco Tulio Cicerón, una vez dijo: “No saber lo que ha sucedido antes de nosotros es como ser incesantemente niños”. También dijo: “La historia… testigo de los tiempos, luz de la verdad, vida de la memoria, maestra de la vida, testigo de la antigüedad.” Hace más de 2000 años que el cónsul romano ilustraba mediante su retórica helenista y hoy en día, sus palabras sobre la historia, no dejan de tener relevancia en nuestro acontecer nacional.

Los jóvenes hondureños que aún guardamos esperanzas de cambio para nuestra nación, repetidamente nos cuestionamos el porqué de nuestra situación. ¿Por qué la Administración Pública no puede ser eficiente? ¿Por qué siempre ha existido un bipartidismo? ¿Por qué las mismas familias de siempre son las que siguen siendo cada vez más ricas? ¿Por qué nuestro pueblo se distrae fácilmente del acontecer político? Hay muchas preguntas que nos hacemos con el fin de llegar a una solución y poder ir cambiando, desde nuestras trincheras, la desastrosa y penosa realidad que atravesamos los jóvenes educados, con principios y ética en Honduras. A mi juicio, Marco Tulio Cicerón nos facilita la respuesta a todas esas preguntas y, no solo eso, automáticamente nos brinda la solución a todos esos problemas.

Sin la intención de caer en el juego de la desinformación, muchas veces tratamos de encontrar las soluciones a dichos problemas apuntando la crítica hacia el gobierno, a los diputados, a los magistrados, alcaldes, partidos políticos y empresarios privados de renombre. Buscamos cada error y mala decisión tomada por ellos con el propósito de señalarlos como los responsables de la desgracia en la que vivimos; creyendo muchas veces que al destapar al corrupto estaríamos solucionando el 80% de nuestra realidad. Sin embargo, los problemas por los que cruza Honduras son mucho más profundos que un gobierno de turno corrupto. Nuestros problemas no recaen en un partido político descompuesto, ni en un alcalde incompetente… muchos menos en un simple dictador. Nuestro mayor problema es andar por la vida siendo incesantemente niños por desconocer lo que verdaderamente ha sucedido antes de nosotros. Nuestro problema no es político, sino cultural.

El modelo educativo que rige en nuestro país acredita más la obediencia y la memorización que el análisis y la autodeterminación. Se nos formó para obedecer órdenes sin cuestionar su filosofía y a recopilar información sin analizarla. Este sistema, directa o indirectamente, ha destrozado el concepto metafísico de la historia. Nosotros aprendimos que nuestra independencia fue el 15 de septiembre de 1821 y que a la víspera del siglo XX se fundaron los primeros partidos políticos. Nos aprendimos los nombres de presidentes y sabemos que la última constituyente se dio en 1982. Pero, desconocemos el impacto socioeconómico que tuvo la independencia en la región centroamericana e ignoramos las relaciones familiares y amistosas que dieron origen a la lucha interna entre liberales y nacionalistas; además, en la escuela y universidad se nos enseñó una historia influenciada por el presidente o militar de turno y nunca analizamos el fondo de la constituyente que decidió regular la reelección debido a tragedias ya ocurridas. En otras palabras, nosotros desconocemos nuestra verdadera historia; lo que, según Cicerón, implica que no hemos tenido testigos de los tiempos, que hay oscuridad en nuestra verdad, que nuestra memoria duerme y que aún no conocemos a la digna maestra de la vida: la historia.

Resulta lógico, entonces, afirmar que al desconocer nuestra historia caminemos incesantemente como niños. Y lo más grave de esto es que como niños hemos aprendido, como niños hemos acudido a las urnas, como niños hemos criticado, como niños hemos tratado de solventar nuestro destino… un destino que si se sigue llevando como niños, jamás podrá madurar. Pero, aceptar que hemos caminado como niños nos abre la puerta a la verdadera solución; nada más y nada menos que esa de conocer lo que verdaderamente ocurrió antes que nosotros.

Al estudiar e investigar nuestra verdadera historia, comprenderemos que nuestra Administración Pública no es eficiente porque en el gobierno militar de Oswaldo López Arellano se emprendió la práctica de crear corporaciones nacionales para ofrecerlas como agradecimiento a socios políticos, tal como se hace hoy en día con las comisiones. Al estudiar nuestra verdadera historia comprenderemos que los intereses personales de las antiguas familias conservadoras durante los últimos 20 años del siglo XIX los llevaron a agruparse en clanes políticos que mantenían vivas las luchas sociales para dividir y vencer fácilmente la democracia del noble pueblo hondureño. Al estudiar nuestra verdadera historia,  sabremos que las mismas familias de siempre se hacen cada vez más ricas por el apadrinamiento político de Tiburcio Carías Andino para las familias árabes y palestinas, y que mantuvieron sus negociaciones con Manuel Gálvez y con el período militar de Oswaldo López Arellano. Y lo más importante a comprender con el conocimiento de nuestra verdadera historia, es que abriríamos los ojos al darnos cuenta de que la educación cuadrada, la falta de cultura, el desinterés por estudiar y la actitud simplona, machista y vulgar del hondureño en general ha sido impuesta por un pequeño grupo de poder que se beneficia de manera exorbitante debido a la enorme ignorancia de nuestro pueblo.

Cicerón nos da la solución, y nos indica que con investigar, estudiar y comprender nuestra verdadera historia dejaremos de ser niños y aprenderemos a tomar las decisiones y las actitudes correctas ante los diversos escenarios del acontecer político nacional. Comprenderemos que no es el político de turno el único responsable, sino que nuestra propia indiferencia con nuestra historia nos ha sometido a un destino oscuro. Si realmente queremos un mejor país, preparémonos como la persona que quisiéramos que nos gobernara; conozcamos nuestra verdadera historia para dejar de cometer los mismos errores de siempre.

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